HOMENAJE AL POETA ARGENTINO JOSE PEDRONI
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El congreso de escritores de Paraná y el escritor provinciano - 1964
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El congreso de escritores de Paraná y el escritor provinciano
 
 
Editorial de LT 9 Radio
Santa Fe  –  30 / 11 / 64
 
 
            Acaba de clausurarse en Paraná, el Quinto Congreso de Escritores argentinos organizado por la SADE. El congreso, que empezó bajo los mejores auspicios, con abundante copia de discursos protocolares pronunciados en tono enfático y trascendental –y, además, muy cordial, justo es consignarlo− de parte de las autoridades provinciales, nacionales y organizadoras del mismo, contó con la presencia de un grupo bastante representativo de las letras nacionales, aunque se notara la ausencia de los principales valores. Estos, posiblemente, ya fueron a los otros y seguramente estarán escamados… Los escritores porteños fueron huéspedes del Estado entrerriano desde que tomaron el vapor en Buenos Aires. El programa de cenas fue muy copioso; las ironías y las sátiras amables, en que descollaban los más conocidos humoristas, muy celebradas; y todos trataron de hacerse notar por ingenio, versación y alacridad intelectual. Todo anduvo muy bien durante las primeras sesiones. Hasta que, de pronto, de un grupo no muy numeroso, pero sí ruidoso y joven, de asambleístas provincianos, apoyados por un buen sector de la concurrencia profana que asistía a las sesiones desde los palcos, o barra, se dio un nuevo giro a los debates que se desarrollaban casi exclusivamente entre los porteños, por su mayor prestigio intelectual y su mayor conocimiento en el país. El debate dio un brusco vuelco. Los jóvenes provincianos «iracundos» tomaron la palabra y arremetieron contra los que ellos llamaron «monstruos sagrados» de la Capital Federal, y los pusieron, a algunos de ellos, como nunca digan dueñas. Era, en realidad, la reacción de los jóvenes poetas, novelistas y cuentistas de tierra adentro, que se ven siempre postergados por los porteños, que disponen de todos los premios y de todos los medios para hacerse conocer. El meollo de la cuestión era ese: El aprovechamiento excluyente, por los escritores capitalinos, de todas las ventajas que da un ámbito de gran resonancia, de todas las recompensas literarias, con el consiguiente cierre para los de provincia de todos los sitios en que poder publicar sus elucubraciones, las Editoriales, etc., etc. Las palabras subieron de tono, la polémica se convirtió, en cierto momento, en una verdadera pelagra, se abundó en agresividades verbales y hasta hubo arremolinamientos amenazadores en las salas, con el retiro espectacular y sollozante de alguna escritora naturalista, injustamente agraviada. El episodio trascendió el ámbito nacional, a esta reacción de un grupo de jóvenes provincianos en Paraná ya se la ha bautizado como «el grito de Paraná»… Vamos a hacer algunas reflexiones sobre este problema y este grito. No es de ahora. Es viejo. En realidad en todos los congresos nacionales, celebrados, hasta la fecha, por la SADE, ha habido esta protesta de los escritores provincianos contra los porteños, por la indiferencia con que estos los tratan. No hay para ellos –los porteños− más compromisos que con los del interior. Eso es cierto. Lo que ocurrió antes, es que estas recriminaciones de los provincianos no pasaron de los términos de la moderación y la sindéresis en el lenguaje. En cambio aquí, en Paraná, llegó a una verdadera contumelia en la que prometieron hasta cachetadas. Pero vayamos a la cuestión. Es cierto que al escritor provinciano, al que reside y escribe en provincias, no se le presenta un panorama muy halagüeño, no digamos ya para vivir de su pluma, pero ni siquiera para poder publicar un libro. Los editores, en el interior, apenas existen, y los de Buenos Aires no se interesan por descubrir anónimos. Y unos y otros cobran al pobre autor el precio de sus ediciones, si llegan a hacerles el honor de darlas a la prensa. En cambio, es evidente que los escritores capitalinos tienen muchos más recursos para darse a conocer. Tienen los órganos de publicidad que publican sus artículos, poemas y cuentos; tienen a mano a los jurados de los grandes premios nacionales para trabajarlos sutilmente; tienen toda la crítica que se endilgan los unos a los otros, como en una cofradía de compinches: «hoy por mí, mañana por tí»; tienen el favor de los funcionarios públicos que conceden representaciones y medios para viajar; tienen las embajadas, que también les ayudan, y a menudo pecuniariamente por lo que escriben a favor del país respectivo; tienen los «marchand» que les pagan muy bien las críticas, ya sea de sus libros o de sus cuadros, en los grandes diarios y revistas; tienen la ayuda material del Fondo Nacional de las Artes, que pueden trabajar mucho más fácilmente los radicados en la Capital Federal sin que dejemos de reconocer que este organismo oficial también suele ayudar a los escritores y artistas e instituciones de este género en el interior; lo tienen todo, en suma. En cambio para los provincianos, su provincia suele ser una madrastra; pero esto ha sido siempre los corriente y natural, y no debe desanimarlos. La agresividad contra los que tienen la fortuna de vivir en ámbitos donde son más conocidos, pagados y aplaudidos, no revela en quienes así proceden, sino «bovarismo» intelectual, resentimiento y aldeanismo. Así no se supera esa injusticia o desventaja.
 
            Esto no pasa solamente en la Argentina, repetimos; es universal. No vamos a citar el ejemplo de Cervantes; que tuvo que ir a Madrid y a Roma, a los 21 años, para empezar a hacerse conocer, porque en Sevilla era completamente desconocido. No. Nos basta con los infinitos ejemplos que tenemos en estos tiempos que vivimos. Ningún gran escritor se hizo conocer viviendo y escribiendo en su pueblo. Tuvo siempre, de una u otra manera, que ir a hacerse conocer en alguna gran capital, o centro intelectual de gran resonancia. Eso es lo cajonario. En Francia hay que vivir y publicar en París para ser alguien en las letras; en Inglaterra hay que hacerlo en Londres; en España, en Madrid; en Italia, en Roma; en Irlanda, en Dublín; en Rusia, en Moscú; en Estados Unidos, en Nueva York. El famoso premio Goncourt se digita en París, en una comida en que los miembros de esa Academia, que no han leído ninguno de los libros presentados al concurso, premian al Editor de turno; el premio Nobel se da también por turno a un escritor que ninguno de los miembros de la Academia Sueca la leído ni piensa leer jamás, para lo cual tiene a los embajadores repartidos por todo el mundo que le dicen cuál es el que está en el candelero en la Nación que se quiere honrar. Unamuno no era nadie en Bilbao: tuvo que ir a Madrid para hacerse conocer; Baroja, «el hombre malo de Itsea», era un médico de pueblo en vasconia. Tuvo también que ir a Madrid y poner una panadería para poder publicar sus primeras novelas; y Antonio Machado tuvo que abandonar su cátedra de francés en un colegio secundario de Segovia e irse a Madrid para que lo tomaran en cuenta, y así todos los demás y en todos los países de la tierra. Por eso, los escritores provincianos no tienen que desanimarse; tienen que ir a Buenos Aires y desalojar allí a los «monstruos sagrados» de que hablan. Pero aquí viene el problema principal con el escritor argentino… No se anima de salir de su casa si no tiene para el tranvía. Tiene miedo de la aventura. Ninguno haría lo que Espronceda, que tiró al Tajo las únicas dos pesetas que tenía cuando huía de España hacia Lisboa, porque le parecía muy poca plata para entrar en una capital tan bella. El escritor argentino se siente atado a su familia, al medio que le rodea en el que se siente seguro de no perecer, por lo menos. No hará jamás lo que Hilario Ascasubi, que se embarcó de grumete en el primer bergantín que encontró y se fue a Las Guayanas, y a Estados Unidos y a Europa. Ni lo que los escritores como Echeverría, que se fue a Francia con su guitarra, y allá se la ingenió no sabemos cómo para asistir a la Sorbona, estar cuatro años y medio en Europa y visitar Londres y Berlín, además de concurrir a los salones de Lamartine y Víctor Hugo. Ni lo de Paul Groussac, que se embarcó en Brest en el primer barco que salía sin saber cual era su destino. El escritor de raza tiene que cortar amarras con todo lo que le rodea y detiene. Si no lo hace estará perdido, jamás llegará a ser un gran artista por más que consiga premios y cátedras en Buenos Aires; porque Buenos Aires tampoco debe ser su meta. Su destino debe llevarle más lejos: a otras capitales, a otros mundos. Así se hicieron famosos los grandes ingenios que honran a la humanidad. El escritor no es un animal de tierra firme: es un ave alciónica que vuela por encima de todos los mares y continentes. Con ir a Buenos Aires, a disputar a los porteños aprovechados las prebendas, críticas y premios de que gozan, no habrá hecho nada. El problema es mucho más vasto y más ambicioso. Pero para eso, decimos, hay que tener el espíritu de aventura, el coraje de largarse sin ningún bagaje a un mundo desconocido; el escritor argentino actual no tiene ese coraje. Es un introvertido y un tímido. Solamente va de viaje intelectual y artístico a otro país cuando lo mandan en misión oficial y a cubierto de todas las penurias económicas. Y así no viajaron –no pudieron viajar nunca− ni Cervantes, ni Quevedo, ni Balzac, ni Joyce, ni Darío, ni Chocano, ni Montalvo, ni Hemingway…

José Pedroni

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PLOMADA  
  Cuelga de un hilo de pescar la pesa
y es un pequeño mundo,
suspendido.
Un ángel invisible la sostiene.
Señala el centro de la tierra,
herido.

Sigue su vertical,
hombre constante,
y llegarás a Dios,
hombre afligido.

José Pedroni - 1963
 
POETA  
 
Yo fui niño una vez,
pero hace mucho.
Me dormía enroscado en la vereda.
Hay una voz que todavía escucho.
Hubo una mariposa. Era de seda.

Debió pisarme
alguna vez un hombre.
Debió mirarme una mujer dolida.
Yo no me acuerdo.
No tenía nombre.
Era, me acuerdo,
como liebre herida.

Enamorada de mi sangre sola
que se dormía al sol
en cualquier trigo,
la mariposa entraba en mi corola.

Yo no sé lo que ella hizo conmigo;
pero ella iba detrás de mi amapola,
ella y la voz que me llamaba amigo.

José Pedroni - 1961
 
SITUACIÓN  
  Paloma, espiga y ancla,
a 31 grados y 25 minutos
de latitud Sur
-línea del río y la calandria-
y 60 grados y 56 minutos
de longitud,
está mi tierra: Esperanza.

Es un pequeño punto palpitante
hacia el norte del mapa;
boya del trigo verde
corazón de la pampa.

José Pedroni - 1956


 
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