HOMENAJE AL POETA ARGENTINO JOSE PEDRONI
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Situación del Escritor del interior del país - 1961
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Situación del Escritor del interior del país
 
 
Informe y recomendación de la comisión Nº1 aprobado
por unanimidad en el «Primer encuentro de escritores»
realizado en Bs. As. en diciembre de 1961, organizado
por la SADE, y que fuera leído en sesión plenaria por el
presidente de dicha comisión, el escritor José Pedroni.
 
 
            La Sociedad Argentina de Escritores ha tenido la feliz idea de reunirnos en familia para poner por primera vez a consideración nuestra un problema que no es nuevo, que factores de progreso económico y social pudieron ir aliviando hasta hacerlo desaparecer, pero que persiste y se agudiza en el tiempo: el problema de la sociedad del escritor de tierra adentro. Concurrimos a esta oportunísima convocatoria con gran interés y determinación, llenos de fe en la capacidad constructiva y las virtudes del gremio y sin reservas con nadie. Queremos trabajar para todos.
 
            El asunto tiene para nosotros dos aspectos: uno sustantivo y principal y otro secundario e incidental. Los une una relación de causa y efecto que son inseparables para un estudio serio.
 
            Sin ánimo de extraer de lo aparente una presunción que no responde a nuestra confianza, cual sería la de ver reflejada en el temario propuesto una precaución limitativa de la discusión, (pensamos que es un olvido) encontramos que aquél es ciertamente esquemático y superficial y que si habríamos de atenernos estrictamente a él –que no plantea cuestiones de fondo− podríamos arribar a expedientes de valor momentáneo con descuido de lo permanente, y a conformarnos con declaraciones que, aún sin proponérnoslo, importen el reconocimiento tácito de un mal irremediable. Nuestro convencimiento y nuestra disposición son otros. Conocemos el mal, como que estamos cerca de quienes los padecen, pero pensamos que puede ser extirpado, que debe ser extirpado. Creemos que hay un camino para alcanzar ese bien y no es aquél que deja de lado lo fundamental para sólo ponernos en lucha con las manifestaciones que son su sombra.
 
            Nuestra posición, que se inspira en un sentimiento de amor por el colega, de respeto a su dignidad y de reconocimiento de su derecho como miembro útil de la sociedad a quien sirve; admite y apoya, como recurso de urgencia, aquellos arbitrios que se propongan dar aliento y auxilio al escritor del interior; pero no siente simpatía por ellos, porque atemperan y no remueven, y porque pensamos que no es con cabos arrojados como se resuelven los conflictos del hombre –en este caso del hombre creador− sin dañarlo en su delicada esencia.
 
            Creemos firmemente que es sembrando con riqueza y cultura las áreas vacías o sofocadas del país, de forma que lleguen ellas a tener vida propia, como se darán las condiciones llamadas a resolver no sólo cualquier dificultad transitoria del hombre de letras de un lugar; sino a proteger la vocación naciente, a fomentar la aparición de nuevos valores y a crear a su alrededor los atractivos que den sentido a su presencia y los hagan permanecer complacidos en su suelo.
 
            El país está extraordinariamente dotado para nutrirse a sí mismo y crecer en plenitud sin dependencia alguna interna o externa. Se le ha llamado «la canasta del mundo». El desequilibrio y la contradicción que en él se observan son un absurdo. Tenemos todo a mano para levantarnos con salud en hermosa unidad física y espiritual. Pero obramos como si estuviéramos fuera de Dios, en una postura mendicante que nos afrenta.
 
            El suceso de la cultura universal ayuda al buen discernimiento y sirve para alumbrar y orientar determinantes del mayor incremento y esplendor de las letras, las artes, las ciencias políticas y sociales, etc., en ciertos períodos de la historia, vemos que estos florecimientos son concurrentes y simultáneos con fenómenos de expansión económica o la culminación de los mismos, resulten ellos del descubrimiento, la conquista, la dominación, la revolución, la invención, el hallazgo de una cosa nueva para la industria del hombre. Vemos, asimismo, que la decadencia, la detención o el retroceso son accidentes de la vejez dentro de esa ley del progreso humano; pero, como tales, transitorios y superables, porque, como anota Pi y Margall, la humanidad sólo da paso atrás para tomar carrera.
 
En la vida de nuestro pueblo y no obstante su juventud, se observan etapas en que fuerzas motoras de avance influyen en la suerte de los acontecimientos y hacen sobrevivir lo maravilloso. Detengámonos a examinar el período de veinte años que corre de 1896 a 1914: la población se duplica, aproximándose a los ocho millones de habitantes. Es consecuencia del aporte de sangre nueva y joven, en masa, que empieza con Castellanos en 1856 y que va aumentando en ininterrumpida corriente hasta alcanzar cifras de doscientas mil personas por año. En la pampa húmeda, que abre sus puertas, se multiplican las colonias de las que nacen los pueblos. El crecimiento medio anual llega a treinta y cinco vidas por cada mil habitantes (rendimiento que luego declinará verticalmente y que hoy está reducido a menos de la mitad). Las poblaciones urbanas y rurales se nivelan, se contrapesan para el cultivo y la industria. En la tierra civilizada aparece el camino, el alambrado, la máquina, el árbol nuevo, la casa, la escuela, la iglesia, la comuna, el diario, y por aproximación de los hombres, el diálogo y la sensibilidad por la función pública que quería Sarmiento. Se promulga la ley de matrimonio civil (tiene su primera manifestación en esa tierra que se puebla de hombres, de ideas y creencias), la de enseñanza laica y la de sufragio secreto. Se incuba el movimiento emancipador de la inteligencia que se llama reforma universitaria. Estimulado por lo excitante del progreso, el pensamiento creador, filosófico, revolucionario e investigador se desarrolla. No es casual el florecimiento de Lugones, Payró, Rojas, Ingenieros, Joaquín V. Gonzalez, Groussac, Florencio Sánchez, Ameghino, Juan B. Justo, Yrigoyen, Lisandro de la Torre,… El trabajo y la riqueza producen nuestro Siglo de Oro. Lo hemos perdido y debemos recuperarlo. Somos diputados naturales del pueblo. Con conciencia histórica de esa responsabilidad contribuimos a la nueva victoria. Es Hugo quien nos amonesta: «Todo escritor debe tener por objeto principal ser útil».
 
            La irrigación del caudal inmigratorio que produce el equilibrio señalado entre las comunidades de ciudad y campo no abarca todo el territorio, se localiza en un sector de su zona fértil; pero es demostrativo de cómo un federalismo económico de hecho puede superar las dificultades de un federalismo jurídico y de tradición. Por obra del fíat colonizador, Santa Fe, que ocupaba en el índice demográfico el penúltimo lugar entre los estados (41.000 habitantes en 1857) pasa al segundo puesto (400.000 en 1895) y se hace realmente autónomo por el poder de su prosperidad y el consiguiente desarrollo de la cultura. D’Amicis, que visita el teatro de este acontecimiento, exclama después de atravesar la capital patriarcal que se abanica en el pasado: «Santa Fe es la puerta vieja de un mundo nuevo».
 
            Venimos de la tierra donde se ha producido eso que no es milagro, porque resultó de la razón severa y la voluntad de mandatarios enérgicos y de continuadores no menos progresistas. Esta es la tierra que nos enamora y protege con sus cuarenta mil kilómetros cuadrados de cultivo. No tenemos ningún motivo para dejarla. Mateo Booz la llamó su país.
 
            Un día, pues, partiendo de Mayo que vive en Moreno y Rivadavia, fue dada por la visión profética de Alberdi y Sarmiento que conmueven a Urquiza, para después ser resistida por el recelo que denuncia Castellanos, mal vista por el resentimiento a que alude Oroño y desfigurada por la especulación y el arrendamiento que anota Francisco Latzina, la fórmula que labraría la grandeza del país. Ella sigue teniendo vigencia, porque hay un innegable problema de despoblación que persiste, y es en ella y en la experiencia que le sucede donde han de inspirarse las medidas que cada realidad física y social del país necesita, sobre la base de lo que debe ser una coherencia nacional indestructible.
 
            Hemos perdido mucho tiempo, además de muchas oportunidades de migración espontánea que otros aprovecharon mejor, como EE.UU.; y es un presidente de esta nación, el gran demócrata Franklin Delano Roosevelt, quien en ocasión de su visita a la Argentina nos lo advierte: «Uds. no podrán alcanzar un desarrollo acorde con los dones con que la naturaleza los ha favorecido mientras no aumenten grandemente el número de sus habitantes». La versión es de don Carlos Alberto Erro.
 
            En una tierra donde impera la bestia suelta, de riqueza escondida o de encanto detenido, el imán metropolitano hace escorar peligrosamente el barco. Hay que corregir la vieja estructura del inversor monopolista que hizo tributario del puerto de sus intereses a todo el país, y que acabó por deformar a éste.
 
            Es Erro, un escritor, quien propone soluciones: Que se establezcan −dice− normas autoritativas para conceder las más amplias franquicias a aquellas industrias que se implanten lejos de los grandes centros y cerca de los sitios de la producción de la materia prima, a fin de evitar el doble flete, limitándolo al del artículo facturado. Dicho de otro modo −continúa−, esto quiere significar habilitar los medios jurídicos para la descentralización de las industrias. Propone asimismo «la subdivisión de la tierra en áreas técnicamente racionales y el fácil acceso a la propiedad o a su posición tranquila y estable por quienes la trabajan», más los complementarios auxilios de crédito, asistencia y cultura, todo a fin de dar autenticidad y vigor a «escuálidos fragmentos condenados a dependencia y sumisión por su intrínseca flaqueza».
 
            Igual postulación se infiere de la protesta que Sociedad Rural de Tostado (Departamento 9 de Julio, de Santa Fe), elevó en fecha cercana al presidente del Banco de la Nación respecto de ciento ochenta y siete mil hectáreas de campo que se sacaban a subasta en condiciones no sugeridas por el propósito de dar una oportunidad a los numerosos productores que están sobre esa tierra. Dijo dicha Sociedad –y dijo bien− que se estaba desvirtuando el principio básico de la colonización, y que se exponía a un riesgo a esa tierra, el de que el actual latifundio fiscal pasara a ser en el futuro inmediato un latifundio privado, malográndose todas las esperanzas que existían de que ello se hubiera hecho con sentido de promoción económica y social, de subdivisión en escalas pequeñas como una manera de progreso para el norte santafecino.
 
            Existe el principio científico y el testimonio histórico de lo que tenemos por una certidumbre económica. Hemos recurrido para abonar nuestra meditación sobre el caso argentino a la impresión de un estadista experto plantado fríamente frente a la geografía estupenda de otro país, al planteo de un escritor conmovido por el conflicto de su pueblo y a la reacción de quienes son actores y testigos del drama de la tierra. Todos tres coinciden en el postulado progresista de aparcelar y poblar el campo vacío. Ello pone en evidencia una rémora paralizante: la estancia como bien de renta y no de producción, y una anacrónica política impositiva que permite la especulación, el precio venal y el tráfico del suelo. Denuncia asimismo como despoblante, asfixiante y anticultural la novísima tendencia del King Ranch de las grandes explotaciones pastoriles en las que son «las mejores tierras del mundo».
 
            Para llegar al fin propuesto se impone el regreso al ensayo-clave de 1956, esta vez orgánicamente planificado y abarcativo de todo el territorio. Nuestro problema es de geografía económica, política y social. Lo resolverá un pacto de argentinos para el progreso.
 
            Aparte del afloramiento de la riqueza por obra del trabajo, de la descongestión industrial, de la reactivación de los puertos interiores, de la nivelación de las masas humanas, del mejoramiento de la salud pública, del cese de la dependencia que humilla y neutraliza, del abandono de expedientes desnacionalizantes, ¿qué otro bien, que hace a la cultura, ha de esperarse de esa reforma ordenada y pacífica?: La alfabetización en que todos estamos de acuerdo porque hace apto al individuo.
 
            El ámbito rural, según la Unesco, «es precisamente el medio en Latinoamérica que más necesita del maestro y el libro». Tenemos diseminados en la soledad un millón quinientos mil analfabetos y otro tanto o más de semianalfabetos. Recordemos a Oroño, nuestro pequeño Rivadavia: «Necesitamos, para garantirnos contra las eventualidades del porvenir, que nuestros hijos sepan leer y escribir, que conozcan los medios de utilizar las ventajas de la tierra, aplicando a su cultivo los conocimientos que han hecho de otros países una maravilla de ciencia y de fuerza. El lazo embrutece y el arado civiliza».
 
            ¿Cómo podemos nosotros contribuir a este cambio fundamental, si lo encontramos bueno? Organizándonos con sentido de comunidad para la acción esclarecedora y la defensa, de forma de poder dar nuestro testimonio sin transigir. Es propio de nuestra naturaleza la disposición a la verdad y tenemos el poder moral de la palabra y el canto que hace unir a los hombres. Sólo nos falta amparar con la costumbre obrera de la disciplina nuestro noble destino.
 
            El Mayo de superación a que aspiramos necesita, como en sus albores, la invocación y el sostén coral de sus poetas.
 
            No estamos sugiriendo un tema. Hemos dicho en pasada ocasión que nadie está obligado a escribir sobre lo que no le interesa. El verso se hace sólo en la emoción y la discusión con él lo desfigura. Pero también dijimos que hay una moral del trabajo estético y que es un pecado que se paga con amargura interna y que el recuerdo del hombre no perdona, el renunciamiento del artista al desahogo de lo que es hermoso porque se siente como verdadero. Estamos invitando a una unión de voces a quienes sufren el drama argentino, para facilitar el propio mensaje. La suerte de la patria es nuestra propia suerte. Pongámonos al servicio de este bien. Que la amonestación de Heine nos alumbre: «Nadie sabe si un día no tendremos que dar cuenta de nuestras palabras».
 
            Un estudio concienzudo de la realidad nacional y de lo que ésta afecta a la cultura, seguido de una declaración creadora de una conciencia popular, puede ser el comienzo de la lucha. Creemos que ha llegado la hora de poner manos a esta obra. Queremos dejar en Uds. esta preocupación. En cuanto a lo relativo e inmediato, pensamos que nuestra sociedad, además de una constante labor de aproximación afectiva, de confraternidad, debe intervenir en la fijación del salario de nuestro trabajo; abogar por la edición del libro nacional; hacer conciencia en las publicaciones de todo orden –radio, diario, televisión, etc.− que el interior del país existe y que hay que salir a la busca de sus valores, conseguir que una y otra cosa se legislen; gestionar de los poderes públicos el tránsito y el hospedaje gratuitos para quienes están destinados a hacer el documento de la realidad argentina; fundar una caja de ayuda mutual. La recomendación y el favor deben ser abandonados.
 
            Actuando de esta manera daremos a la juventud las afirmaciones con las que ganaremos su respeto. También de nosotros depende que esta juventud se ponga en el camino del optimismo.
 
 
 José Pedroni
 
 
MOCIÓN
 
            Ubicar al país en las áreas de su realidad geográfica y humana, a saber: La metrópoli, la pampa húmeda, la menos húmeda que linda con aquella, la chaqueña, la andina y la patagónica.
 
            Comisionar a los escritores de cada región a que produzcan el informe de su tierra.
 
            Someter estos informes a una comisión especial de la SADE. Dirigirse al país con una declaración que contenga la verdad económica, social, política y cultural argentina.
 
            Dar cuenta de lo actuado al próximo Congreso de Escritores, previsto para mediados de 1962 en Resistencia (Chaco).
 
 
Revista UNIVERSIDAD, publicación
de la Universidad Nacional del Litoral
Nº 51; trimestre enero-marzo de 1962.



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PLOMADA  
  Cuelga de un hilo de pescar la pesa
y es un pequeño mundo,
suspendido.
Un ángel invisible la sostiene.
Señala el centro de la tierra,
herido.

Sigue su vertical,
hombre constante,
y llegarás a Dios,
hombre afligido.

José Pedroni - 1963
 
POETA  
 
Yo fui niño una vez,
pero hace mucho.
Me dormía enroscado en la vereda.
Hay una voz que todavía escucho.
Hubo una mariposa. Era de seda.

Debió pisarme
alguna vez un hombre.
Debió mirarme una mujer dolida.
Yo no me acuerdo.
No tenía nombre.
Era, me acuerdo,
como liebre herida.

Enamorada de mi sangre sola
que se dormía al sol
en cualquier trigo,
la mariposa entraba en mi corola.

Yo no sé lo que ella hizo conmigo;
pero ella iba detrás de mi amapola,
ella y la voz que me llamaba amigo.

José Pedroni - 1961
 
SITUACIÓN  
  Paloma, espiga y ancla,
a 31 grados y 25 minutos
de latitud Sur
-línea del río y la calandria-
y 60 grados y 56 minutos
de longitud,
está mi tierra: Esperanza.

Es un pequeño punto palpitante
hacia el norte del mapa;
boya del trigo verde
corazón de la pampa.

José Pedroni - 1956


 
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