HOMENAJE AL POETA ARGENTINO JOSE PEDRONI
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La historia de los patines y otras historias
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LA HISTORIA DE LOS PATINES Y OTRAS HISTORIAS
 
Reportaje realizado por Jorge Isaías,
(Esperanza, Santa Fe, Noviembre de 1989.)
 
 
            Pensé largamente antes de incluir este reportaje inédito a doña Elena Chautemps de Pedroni en esta edición. Desde el punto de vista del anecdotario hay repeticiones con respecto a la excelente entrevista que le hiciera Mónica López Ocón y que precede a ésta.
Tal inclusión tiene, creo yo, un valor de homenaje, porque hasta donde yo sé, fue la última vez que ella habló frente a un grabador para recordar retazos de su rica vida junto al poeta.
Dos años después se nos iba, quitándonos la mirada de esos bellísimos ojos claros para siempre, dejando en nuestras pupilas la mansedumbre y el amor para que nunca la olvidáramos los que tuvimos la suerte de tratarla.
Fui huésped en Esperanza por un par de días gracias a una amable invitación de la Secretaría de Cultura Municipal, de resultas de una charla sobre la experiencia de mi viaje a España, ocasión que no desaproveché –como es obvio− para recorrer esta vez con más tiempo los pasos cotidianos que Pedroni dibujaba por su amada ciudad.
Fui al club donde se reunía con sus amigos para una partida de naipes, algunos de ellos todavía se sentaban alrededor de esa larguísima mesa compartida por todos. Allí me senté junto a su hijo Juan Carlos y escuché algunas anécdotas mientras apurábamos algunos «amargos» con soda tratando de mitigar la canícula de ese noviembre. Luego anduvimos el camino que recorría Pedroni: la plaza, el Velódromo, la redacción de «El Colono».
La plaza, donde está el monumento a la agricultura, de quien el poeta escribió:
 
       Todos los jefes de familia están en el monumento.
       Todos los hombres.
       Heine, Rousseau, Wagner, Racine…; todos los nombres  
                de aquel extraordinario momento.
 
       Pero no están sus mujeres
       que son la fe y el nacimiento.
       No están ellas, las de los largos quehaceres.
       Ningún nombre de madre en el monumento.
 
La plaza con su árbol centenario, debajo del cual aquel joven inmigrante tomó por esposa legítima a su novia. Lo hizo comprometiéndose frente a todo el pueblo. Era en los albores de la fundación de Esperanza y los padres de ambos profesaban religiones distintas, por lo tanto ninguna iglesia los casaba. Pero no contaban con la audacia y el sentido práctico con que a veces el amor se recubre.
Después del almuerzo, en la pequeña casita de Pedroni, en la calle 25 de Mayo, pude admirar el jardín de doña Elena y el humilde taller donde Pedroni fabricaba sus baldes, sus maceteros y multitud de objetos caseros, haciendo honor a su vida de hijo de inmigrante con estos oficios que amaba, tanto, que dedicó en El nivel y su lágrima todo un catálogo a las herramientas humildes que el hombre dignifica en su trato diario y a quien ellas dignifican.
Comenzar a hablar del hombre a quien ella había amado y acompañado desde que era una adolescente la ponía en un estado de mucha emoción, pero Elena quiso correr ese riesgo, con mi compromiso de que cuando ella lo dijera, cesábamos la charla. Tenía en ese momento más de ochenta años y le recordé que era la primera vez que conversábamos con un grabador por delante.
Conversamos de la historia de los patines, que cuenta Pedroni en su carta autobiográfica a José Portogalo, y en el reportaje de Mónica López Ocón, Elena lo repite.
Una anécdota que tanto había afectado al poeta y que definía el rigor de aquellos padres bíblicos, hechos en una economía de gestos cariñosos, tal vez por aproximarse demasiado en su estoicismo a esa sagrada cultura del trabajo, y que vieran todo lo que no fuera ese camino como una desviación o desatención del mismo.
El resultado de aquella charla, inolvidable como todas las que tuve con doña Elena, y con su hijo Juan Carlos como testigo, es textualmente el siguiente:
 
¿Qué fue para usted conocer a José Pedroni?
 
−Lo más maravilloso de mi vida. El ya tenía un pequeño libro publicado cuando lo conocí, que se llamó La Divina Sed y que excluyó de sus obras completas. Tampoco lo quiso reeditar solo. Lo veía con influencias de Vargas Vila, autor muy amargo de moda por aquellos años.
Mientras estuvo en casa entró como «escribano», es decir como contador, como se le decía en los pueblos. En aquellas épocas se trabajaba todo el día. Y a mediodía comía en casa. Era parte del trato laboral. A los pocos días empezaron las miraditas. Imagínese, yo tenía 16 años y el 19.
 
Pero se casaron pronto…
 
Nosotros fuimos novios 4 meses. Es cuando el escribe ese soneto y lo manda a Rosario, a un concurso. Prontamente empieza a escribir La gota de agua y sufrió un poco la influencia de la poesía española. Con este libro obtiene un tercer premio nacional. Un tal Terán estaba en el jurado y lo recomienda. Nos casamos porque estábamos miedosos de no vernos más. Nos vamos a casa de sus padres, a Gálvez. El se va a hacer el servicio militar y viene todos los fines de semana, pero además durante la ausencia me escribe cartas.
También escribía cartas ofreciéndose para contador de fábricas, en los pueblos. Escribió como 40, según me contó luego.
Un día llega a Gálvez (yo vivía en la casa de sus padres mientras él hacía el servicio) y me da 7 cartas a elegir. Me dice: «Estos son los lugares donde me aceptan. ¿Adonde querés ir?». Cuando me nombra Esperanza caí en la cuenta que yo no la conocía. Sabía donde estaba geográficamente porque mi padre venía a pagar unos impuestos aquí. Yo no sé que me pasó. Era una palabra tan hermosa para mí, que tenía 17 años y mi hijo recién nacido y empezaba una nueva vida junto a mi esposo y el niño.
Pensé también que tenía que arreglármelas solita mi alma.
Pedroni vino entonces a probar suerte solo, por unos 20 días, recién salido de la conscripción.
Don Nicolás Schneider le da el trabajo, pero lo ve tan joven que le pregunta un poco como para cerciorarse, si se creía apto para el trabajo.
−Usted pruébeme –le contestó Pedroni−, si no le sirvo me voy.
Trabajó 35 años, hasta que se jubiló. Es que mi marido era muy, pero muy responsable. Había tenido una infancia dura, muy dura y con un padre muy exigente.
 
Sí, leí en sus cartas que le cuenta a Portogalo, la anécdota de los patines…
 
−Sí, cuando él tenía 10 años fue mandado por su padre a pagar la libreta anual al almacén de «ramos generales». Fue con una de sus hermanas y como sabían que se acostumbraba a pedir una «yapa» al pagarse las cuentas, convencieron al empleado para que les regalara un par de patines. Cuando llegaron a la casa muy contentos, el padre se los hizo devolver. Les exigió pedir algo que «sirviera en la casa». Recordó siempre aquella frustración de los patines.
Él se había hecho en esa escuela del sufrimiento. En cambio la madre era muy dulce. Don Gaspar tenía un carácter de los mil demonios. Pero fíjese que a mí me lo contaron, porque durante el año en que mi marido hizo el servicio militar yo viví con mis suegros y nunca le oí levantar la voz. Cómo sería el cambio que un concuñado me decía «Elena, vos sos el ángel de la casa. Fijate que hasta don Gaspar cambió desde que entraste aquí.»
Yo era una muchachita callada. La presencia mía frenó los escándalos a los que acostumbraba a su familia. Pero ya le digo, esto es siempre según las referencias.
Cuando con Pedroni nos fuimos a Esperanza me dijeron que don Gaspar volvió a las andadas.
 
Sí, era lo típico en esos inmigrantes. ¿Quién sabe qué vida de sufrimientos habrían llevado para ser así, tan poco dados a todo lo que fuera disfrute, aunque sea modesto, de la existencia? Allí todo tenía que ser trabajo y sacrificio. Me hace acordar a mis abuelos, a mis padres.
 
−Sí, vaya a saber su historia. Él vino de Europa muy joven y se casaron en Gálvez.
 
Y don Gaspar ¿vino sólo o con su familia?
 
−No, él vino sólo, lo mismo que mi padre, que lo hizo de los Altos Alpes. de Grenoble, Francia.
 
¿Y su mamá?
 
−También era francesa.
 
¿Se radicaron en Saa Pereyra?
 
−No, ellos se conocieron en San Carlos. En una fiesta que se festejaba el final de la recolección del maíz. Eran invitados los muchachos y muchachas de toda la zona. Mi mamá tenía 6 hermanos varones.
 
Claro, eran épocas con muy pocas posibilidades de encontrarse, de conocerse y menos de tratarse. En ese tiempo las mujeres iban solamente a misa y con la mamá. Pero habría fiestas tradicionales que servirían para hacer sociedad, ¿no?
 
 
−Sí, claro. Las fiestas patronales. Yo lo  conocí   así   a  
          Pedroni.
Mi tía me dice: ¿querés ir a la fiesta? Bueno, le digo yo, pero sin mayor interés. Así que nos ataron una volanta y fuimos. Estaba la banda tocando y todo lleno de gallardetes y adornos, globos, banderas.
Cuando entramos, veo a un muchacho que no me ve porque estaba muy inclinadito con todo su pelo claro, como de color aceite. Y me digo para mí ¡Cómo me gusta ese muchacho! Y le pregunto a mi tía: ¿Quién es ese muchacho que está charlando con la chica de Favre? Se lo pregunto haciéndome la tontita. Ah, me dice mi tía, es el «escribano» de Favre. La familia Favre era muy grande y tenía un comercio en el pueblo. La chica vivía en el campo. Dimos una vueltita y nos fuimos. Y me quedé con ese lindo recuerdo. Pero no dije nada en mi casa. Imagínese Isaías, yo tenía a esa edad un enjambre de muchachos que me escribían cartas. A lo mejor las copiaban de esos epistolarios que estaban de moda. Eran modelos de cómo escribirlas. Pero yo me decía a mí misma que mientras no estuviera enamorada no quería perder el tiempo y no me quedaba con nadie.
A los tres meses llega mi papá en el auto de dar una vuelta cobrando cuentas y le dice a mi mamá: −Sabés que acabo de contratar al «escribano» de Favre. Se puede imaginar usted ¡cuántas cosas pasaron en mí!
A los tres días lo tenía paradito en mi casa. Él, al parecer «charlaba» con esa chica, y le seguía escribiendo según me confesó después.
Y ese tal vez el temor mío cuando me enamoré de él, que me hiciera lo mismo que a esa chica a quien olvidó.
 
¿Y cómo era Esperanza cuando llegan aquí?
 
−Muy linda. Con un aspecto muy europeo, mucho más que el actual. Imagínese, yo venía de un pueblito muy chico, de 900 habitantes, con colonia y todo. Pero tenía dos casas de comercio muy importantes. Una era de mi padre, que también vendía implementos agrícolas.
 
¿Era colonización francesa Saa Pereyra?
 
−No, piamontesa. Sí, nosotros hablábamos el dialecto de chicos. Con el ir y venir de gente mis padres aprendieron y casi no hablábamos francés, lo hacíamos sólo en la intimidad de la familia.
 
Doña Elena: ¿Cuándo ustedes llegan a Esperanza, Pedroni ya estaba escribiendo Gracia Plena?
 
−¡No, no! Él no lo escribió durante la gestación de mi primer hijo. Usted sabe que el poeta lleva en sí las cosas, las sensaciones, y un día como le pasó a usted en Pintando la aldea, lo escribe. El niño tenía dos años y medio cuando él empieza de noche a escribir Gracia Plena. Un poco también en el trabajo. Él llevaba a dormir al niño y después se ponía a escribir y le cantaba una canción italiana, muy monótona, como una nana. La debió aprender de mí, porque yo la cantaba. Y acostaba al niño, y cuando éste se dormía, se ponía a escribir hasta la medianoche.
Mientras trabajaba en la fábrica ésta será su manera de escribir. Sólo se podrá dedicar a la poesía en tiempo completo recién cuando se jubila.
 
Entonces, Gracia Plena ¿sale recién en el año 1925?
 
−Sí. Y Gracia Plena nunca gana un premio. Imagínese, Pedroni era muy apegado a su terruño, iba muy poco a Buenos Aires. Iba cuando tenía que editar un libro. Allí lo conoció a Lugones, a Glusberg que era su editor, y es quién le dice «Pedroni, este libro tiene que conocerlo Lugones». Pero mi marido era enemigo de molestar a la gente. Cuando Glusberg le hace llegar a Lugones Gracia Plena, dice que el cordobés se paseaba con el libro y decía «Esto tiene que conocerse».
 
Y de allí el famoso artículo de «La Nación», el gran espaldarazo.
 
−Sí, de allí viene «El hermano luminoso». Eso lo inhibió mucho a Pedroni. Me decía «¿Y ahora qué escribo?». Es Lugones quién lo descubre, pero estuvo muchos años luego sin atreverse a publicar, diez exactamente y cinco sin escribir.
 
Él había ganado sin embargo unos Juegos Florales en Rosario.
 
−Sí. Unos juegos que propiciaba Alfredo Palacios, con un poema que se llama «El aromito» y que es del año 1922. El público lo ovaciona cuando él lo lee y cuando la gente en Esperanza se entera por los periódicos que Pedroni era poeta, echa a rodar el cuento que yo se los escribía. De allí sale el poema «Piedras».
Como tenía un comportamiento de cualquier vecino, se enfervorizaba con el fútbol, se subía a las chatas tiradas por caballos cuando dejaba el trabajo y si salía un carro con algún arado en ese momento, se hacía traer hasta la plaza, aquí a la vuelta.
Después, mucho más tarde, estuvo junto a Rojas Paz entre los favoritos por el Premio Nacional. Justamente Pedroni estaba en Buenos Aires de casualidad y el propio Rojas Paz le dice: «¿Sabés que estuvimos cerca del primer premio?». Pero resulta que unas señoras gordas fueron a hablar al ministro y le dijeron que otro de los poetas presentados necesitaba el dinero del premio para pagar la casa y el trofeo cambió de favorito.
Ni Rojas Paz ni Pedroni sacaron nada.
 
¿Era un gran lector Pedroni?
 
−Sí. Además leíamos mucho juntos.
 
Leí algunos trabajos donde se interesa por la colonización, en el Archivo General de la Provincia.
 
−¡Ah, sí! Él se informaba mucho cuando escribía. Para escribir el poema «Gaucho» dejó todo anotado en una edición del Martín Fierro.
 
(Su hijo Juan Carlos, presente en la entrevista, me acerca una viejísima edición toda anotada. Y también un Facundo, con un enjambre de letritas al margen. La inconfundible letra pedroniana. Descubro allí que tal vez haya sido la edición que usó para escribir La hoja voladora. Así me lo confirma Juan Carlos ante mi pregunta).
 
−Su gran biblioteca era de poesía –prosigue doña Elena− y desde que lo conocí hasta su muerte fuimos grandes lectores. De los libros que compraba y de los tantos que recibía de poetas desde los más remotos confines del país y aún del extranjero.
Cuando apareció García Lorca a influir entre los poetas de la Argentina, él se enamoró de su poesía. Los romances de su libro Diez mujeres tienen algo de él. Una estudiosa de EE.UU le escribe para preguntárselo. Entonces deja de leerlo, porque él reconoce su influencia.
 
Pero a él le interesaba informarse mucho al escribir, ¿verdad? ¿O lo hace sólo con los poemas que tienen que ver con la colonización…?
 
−Sí, antes no lo hace.
 
¿Cómo surge esta idea de cantar a la colonización? Quiero decir, ¿surge como un programa? ¿Es una idea que lo gana poco a poco? ¿Es espontáneo?
 
−Se le ocurrió con un poemita, cuyo nombre no recuerdo ahora. Pero es cuando participa del Centenario de la fundación de Esperanza, en 1956 cuando se entusiasma con el tema.
 
No obstante reunirá en Monsieur Jaquín poemas ya publicados antes en El pan nuestro, que es un libro muy anterior…
 
−¡Sí! Era una costumbre de Pedroni.
 
Y creo que es el primer libro que edita en Santa Fe.
 
−Sí. Y deja de viajar a Buenos Aires. Es cuando Castellví le pide Monsieur Jaquín para editar.
 
¿Era enemigo de los viajes Pedroni? ¿Salía mucho del país? Tengo entendido que fue una vez a México.
 
−Sí, porque nuestra hija vive en Guatemala. ¡Qué comedia cuando tenía que viajar! «No, yo no voy a viajar» decía. Es que le tenía miedo a los aviones. Cuando estábamos en Buenos Aires visitamos varias compañías de turismo para ver si lo podíamos hacer en barco. Pero no había viajes. Parece que los medios de comunicación entre los puertos era muy mala en la época. También fue a ver a un médico, no se olvide que él había tenido un infarto en el ’53. Pero el médico se lo permitió.
El médico le dice: «Mire Pedroni, si hasta los bebés viajan en avión sin problemas». Al final accede. Cuando volvió recibía a sus amigos y les aconsejaba viajar en avión, porque en barco no se aprecia nada, decía. Luego fuimos a México, donde dio unas conferencias.
 
¿Hizo algún otro viaje al exterior?
 
−No, no le gustaba viajar. Él decía que la gente era igual en todas partes. Que nadie le hablara de Europa. Él decía que la gente trabaja, sufre, ama y se muere en todos lados. En cambio yo soy más curiosa, a mí me gusta viajar. Con Pedroni viajamos mucho por el país, pero nunca quería ir a Mar del Plata. Hasta que una vez viene un amigo suyo, profesor, que había ido con los alumnos una semana y vuelve encantado. Le contaba las bonanzas de aire, la belleza de la ciudad…
Después de conocerla no lo pude sacar más de Mar del Plata, Isaías.
 
Hasta compraron un departamento allí, ¿verdad?
 
−Sí. Yo quería ir a otro país, conocer Brasil, por ejemplo, pero si bien él me decía: «vos prepará todo, vos prepará todo», llegado el momento me decía: «¿Y si vamos a Mar del Plata?».
¡No lo podía sacar de allí!
 
Sí, leí en el Archivo de la Provincia varios reportajes que le hacían los medios de allí.
 
−Ah, sí. Él tenía muchos amigos, lo querían mucho…
 
¿Y entre los escritores, quienes eran sus amigos?
 
−Rojas Paz, Nalé Roxlo, Fernández Moreno, Verbistky,  
           Portogalo.
Con Lugones tienen un trato más alejado, no llegan a ser muy amigos
 
¿Y de aquí? Digo, en la provincia…
 
−Mateo Booz, Carlos Carlino, Gudiño Kramer y los entrerrianos Juanele Ortiz y Amaro Villanueva.
Con respecto a Juanele hay una anécdota. Un día vino a visitarnos, pese a que él salía poco de su provincia y de su casa, incluso. Le dice a mi marido: «Pedroni, acompañame a comprarme un termo». Pero no compró ninguno: los encontraba a todos muy gordos. Se acuerda que él siempre buscaba objetos muy alargados, muy delgaditos.
A mi marido le escribía unas cartas donde dejaba unos márgenes bárbaros, y toda la letra al costadito.
 
Sí, así era Ortiz, yo lo conocí. ¿Qué otros personajes venían a verlo por aquí?
 
−Se había hecho muy amigo de Jorge Cafrune, él lo hacía contratar en un club del que fue presidente, un club social y deportivo.
 
¿Y de los jóvenes? ¿Recuerda a alguno en particular?
 
−A uno que él estimaba mucho: Juan José Saer.
 
¿Él hizo títeres alguna vez?
 
−Sí. Fue una etapa donde esta actividad lo absorbió mucho. Tanto que casi dejó de escribir, cosa que me preocupó mucho. Íbamos con la señora de Borla, que era el otro director del teatrito. Íbamos por todos los pueblos. El teatro se llamaba «Pedro Pedrito».
Nosotros hacíamos los vestiditos a los títeres y hasta llegamos a fabricarlos integros.
 
Pedroni tenía escrita una obra de títeres, ¿verdad?
 
−Sí. A pedido del profesor Zen, en la gestión del doctor Guillén iba a ser editado por la subsecretaría de Cultura de la provincia de Santa Fe. Decidimos incluso resignar los derechos para que sea editado, pero aún no tuvimos esa alegría.
Esa época de los títeres lo hizo muy feliz, había hecho imprimir papel y sobre para cartas con membrete. Y escribía a los clubes, a las municipalidades, a las comunas.
Luego, las chicas que manejaban los títeres empezaron a noviar y el grupo se fue disgregando.
Yo respiré tranquila, Pedroni volvía a dedicarse de lleno a su tarea principal: la poesía.





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PLOMADA  
  Cuelga de un hilo de pescar la pesa
y es un pequeño mundo,
suspendido.
Un ángel invisible la sostiene.
Señala el centro de la tierra,
herido.

Sigue su vertical,
hombre constante,
y llegarás a Dios,
hombre afligido.

José Pedroni - 1963
 
POETA  
 
Yo fui niño una vez,
pero hace mucho.
Me dormía enroscado en la vereda.
Hay una voz que todavía escucho.
Hubo una mariposa. Era de seda.

Debió pisarme
alguna vez un hombre.
Debió mirarme una mujer dolida.
Yo no me acuerdo.
No tenía nombre.
Era, me acuerdo,
como liebre herida.

Enamorada de mi sangre sola
que se dormía al sol
en cualquier trigo,
la mariposa entraba en mi corola.

Yo no sé lo que ella hizo conmigo;
pero ella iba detrás de mi amapola,
ella y la voz que me llamaba amigo.

José Pedroni - 1961
 
SITUACIÓN  
  Paloma, espiga y ancla,
a 31 grados y 25 minutos
de latitud Sur
-línea del río y la calandria-
y 60 grados y 56 minutos
de longitud,
está mi tierra: Esperanza.

Es un pequeño punto palpitante
hacia el norte del mapa;
boya del trigo verde
corazón de la pampa.

José Pedroni - 1956


 
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