HOMENAJE AL POETA ARGENTINO JOSE PEDRONI
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Epistola a Horacio Quiroga
 Publicada por primera vez en el diario "El Territorio" de Posadas (Pcia. de Misiones) el 13 de julio de 1940, en el suplemento de Arte, Ciencias, Letras, Crítica y Polémicas. Horacio Quiroga, amigo de Pedroni, se había quitado la vida tres años antes, un 19 de febrero de 1937.



Epístola a Horacio Quiroga.


Horacio Quiroga: con un libro nuevo, 
la barca de pesca blanca como un huevo, 
y el cintillo leve de cuatro colores, 
te traje a mi pueblo, que es pueblo de amores. 
Fuése con la barca mi niño olvidado, 
siguió viaje el libro todo subrayado; 
llevose el cintillo la que no se nombra, 
y quedamos solos en la media sombra. 
El viento que entraba 
sobre nuestra mesa te traspapelaba. 
Con la barba oscura, el pelo partido, 
tu ceño caído tu corbata floja, 
desaparecías entre cualquier hoja.
no era para menos, sombra derramada, 
no pesabas nada.

Un día te tuve y otro día más 
debajo de un breve “Remanso de paz”,
mientras te pintaba con filial cariño
un marco de vieja pizarra de niño. 
Y ahora colgado de cara a la puerta
sobre el día abierta, 
la luz en la frente que fatiga el cuento
y en la barba el viento, 
sin querer presencias todo lo que pasa 
dentro de la casa; 
cómo dan las horas; 
cómo digo: ¿me amas? cómo dicen ¿lloras?, 
cómo duerme el niño; cómo se levanta; 
la flor cómo muere, mi amor cómo canta; 
el sol cómo llega derretido en oro; 
cómo en él, descalzo, camino y me doro;
Cómo se desnuda para entrar la sombra, 
y cómo va y viene la que no se nombra.

Caída la tarde, vacía de aliento, 
sin luz en la cara, la barba sin viento, 
atemorizando la pared desierta
como una nocturna mariposa abierta, 
hacia la agonía del cielo amatista 
levantas la vista.

Maestro:  
como tú quisiera ser un hombre diestro, 
llevándome al norte como un aprendiz, 
me harías feliz.
Hijo de emigrantes, no sólo soy grillo; 
sé usar el martillo, tirar la plomada, 
nivelar un plano, manejar la azada, 
la gubia, el pincel,
la llana de hierro y el esparavel. 
Así por lo mucho que aprenda a tu lado, 
para mi alegría me sería dado 
construirte el horno, recuadrar tus flores 
y pintar tu casa con siete colores.

Bajo tu mirada trabajar la arcilla 
y adobar las pieles, limpiar la semilla, 
sapecar la yerba recién cosechada, 
destilar, teñir, bajo tu mirada. 
Maserar el tiento, trenzar el cordel, 
ligar cien anzuelos para el espinel, 
cambiar los astiles, rebajar el filo 
de las herramientas y encerar el hilo;  
disecar las aves que mueran cautivas 
para que se crean que aún siguen vivas; 
trepar a la cima de un pino gallardo 
mejor que el "pequeño vigía lombardo"; 
aprender las veces de los hombres rudos, 
tejer siete redes y ensayar cien nudos, 
reparar las piezas de tu débil fragua, 
cortar mi canoa, vaciar mi piragua, 
y a las dos pintarles sobre un verde sombra 
el nombra que lleva la que no se nombra.

Y de cuando en cuando 
- reclamo de ausencia que se irá alejando - 
de Pedro o de Julio, de Rosa o de Marta, 
vieja de camino llegará una carta; 
si mía, de un pueblo perdido en el llano, 
si tuya, de un puerto lejano, lejano.
Y sabré muy pronto que el amor que existe 
es sólo el inmenso de la madre triste.
A lomo de mula o a remo caído, 
desnudo de olvido 
sin esta tristeza ni esta palidez, 
mil cosas vería por primera vez; 
mariposas-aves, aves-mariposas, 
fieras sigilosas 
- una que se oculta y otra que descansa- 
al palo de rosa, la tacuara mansa, 
el timbó con ramas y el cedro con nidos 
- el cedro que lucen mis muebles queridos - 
helechos gigantes, anfibios ociosos 
y boas monstruosos.

Y sería fuerte y astuto y ligero; 
cazando, el más hábil; trepando el primero; 
remando, un nativo que rema por diez; 
un indio en la selva y en el agua un pez. 
Y sería listo, tan listo que el viento 
fuera mi elemento; 
el viento, que humilla la cima más alta, 
la luz que se escurre y el agua que salta. 
Y así, todo brío, sin miedo a la muerte, 
mi razón sería la razón del fuerte; 
mi amor, primitivo - y acaso más cerca 
de Dios - mi deseo, bestezuela terca; 
mi alegría, clara; mi dolor, sencillo; 
mi hábito, el del grillo; 
mi culto, ninguno, 
o solamente uno; 
el simple del sol…

La que no se nombra 
con su paso suave viene por la sombra; 
viene como siempre, blanca de cariño. 
Ruidoso mi niño 
me trae la barca para que la guarde…

Horacio Quiroga buen amigo; es tarde.

 

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PLOMADA  
  Cuelga de un hilo de pescar la pesa
y es un pequeño mundo,
suspendido.
Un ángel invisible la sostiene.
Señala el centro de la tierra,
herido.

Sigue su vertical,
hombre constante,
y llegarás a Dios,
hombre afligido.

José Pedroni - 1963
 
POETA  
  Yo fui niño una vez,
pero hace mucho.
Me dormía enroscado en la vereda.
Hay una voz que todavía escucho.
Hubo una mariposa. Era de seda.

Debió pisarme
alguna vez un hombre.
Debió mirarme una mujer dolida.
Yo no me acuerdo.
No tenía nombre.
Era, me acuerdo,
como liebre herida.

Enamorada de mi sangre sola
que se dormía al sol
en cualquier trigo,
la mariposa entraba en mi corola.

Yo no sé lo que ella hizo conmigo;
pero ella iba detrás de mi amapola,
ella y la voz que me llamaba amigo.

José Pedroni - 1961
 
SITUACIÓN  
  Paloma, espiga y ancla,
a 31 grados y 25 minutos
de latitud Sur
-línea del río y la calandria-
y 60 grados y 56 minutos
de longitud,
está mi tierra: Esperanza.

Es un pequeño punto palpitante
hacia el norte del mapa;
boya del trigo verde
corazón de la pampa.

José Pedroni - 1956
 
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josebpedroni@yahoo.com.ar
 
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